domingo 17 de octubre de 2021 - Edición Nº1047

Sociedad | 10 oct 2021

HISTORIAS DE VIDA

La primera clase de buceo

Una anécdota de la niñez


Por: Arq. Jorge Hugo Figueroa

La tarde de aquel verano setentoso transcurría apacible, plena de perfumes de frutos y el canto de cientos de aves.

La mansión Von Breilitz nos observaba misteriosa, más allá de la rudimentaria cascada pretenciosamente natural.

Al otro lado de la enorme e irregular pileta, mi madre dormía sobre un romancero gitano.

Con mi tía, teníamos 6 y 7 años y jugábamos alegremente en el borde del pulido hormigón.

Así fue que, estando aburridos, comenzamos a jugar al peligroso desafío de, parados en el filo, de la zona profunda, saltábamos con toda la fuerza y caíamos en la parte superior de una pendiente que habitaba en el fondo y que definía la vida o la muerte de los no sabíamos nadar.

A lo lejos, un pequeño querubín de bronce simulaba orinar en un pequeño estanque para bebes.

Habíamos saltado unas diez veces cuando Mariana, distraída, saltó de forma perpendicular y cayó directamente al agua profunda, justo al pie de la pendiente.

Recuerdo que intentaba gritar y agitaba desesperadamente sus brazos, sin conseguir aferrarse a nada y así tragaba más y más agua.

En escasos segundos giré buscando mis “patas de rana” o aletas de buceo, con las que recién estaba comenzando a aprender a usarlas, pero me di cuenta que no había tiempo para ponérmelas y por ello, salté cerca de mi querida tía.

Lo primero que sentí fue un brutal tironeo de mis cabellos y una fuerza sobrehumana me sumergió hasta el fondo. Literalmente quedé de pie en lo profundo.

En ningún momento cerré los ojos y por esas cosas inexplicables conseguí mantener la cordura y con los mastines del tiempo detrás, pensé en la manera en que podría salir con vida.

En esos segundos me di cuenta que era imposible que me liberara de Mariana, quien rodeaba mi cuello con sus piernas y con sus manos se aferraba a mis cabellos, respirando asustada en la superficie.

Bajo esas condiciones entendí que la única salida era subir la pendiente caminando con mi tía “a caballito”.  Tenía un recorrido de unos dos metros de longitud, pero me pareció un camino hasta la luna.

Finalmente logré asomar mi cabeza fuera del agua y darle un descanso a mi cuerpo. Luego salimos en silencio de la pileta y una vez a salvo comencé a llorar, quizás como una forma de celebrar mi “desahogo” y el rescate de mi querida tía.

 Aquella tarde comencé a amar el buceo.

 

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